Terapia de pareja cuando uno no quiere ir

terapia de pareja cuando uno no quiere ir

«Mi pareja no quiere ir a terapia», ¿cómo gestiono esto?

Quieres salvar la relación. Te mueves, preguntas, buscas ayuda.
Pero la otra persona no quiere ni hablarlo. Dice que no lo necesita. Que el problema lo tienes tú.
Y al final te ves solo, cargando con todo lo que duele, intentando sostener algo que debería sostenerse entre dos.

Lo que más desgasta no es discutir. Es sentir que solo una parte quiere arreglarlo.
Y ahí empiezas a preguntarte: ¿sirve de algo intentarlo así? ¿Se puede avanzar si la otra persona no quiere dar un paso?

Bartleby, el escribiente

Bartleby está en una oficina como muchas personas están en una relación:
sin hacer ruido, cumpliendo lo justo, sin prometer nada.
Mientras no se le pide más, todo parece funcionar.

Un día, su jefe le hace una petición mínima.
Nada extraordinario.
Bartleby levanta la vista y dice:

«Preferiría no hacerlo.»

No discute.
No se defiende.
No se va.

Solo deja claro que no dará ese paso.

Al principio, el jefe piensa que es algo puntual.
Que quizá no es el momento.
Que insistir ahora sería forzar.

Así empiezan muchas esperas.

Con el tiempo, la frase se repite.
Siempre igual.
Calma absoluta.
Ninguna apertura.

Bartleby sigue allí, presente pero inmóvil.
No rompe el vínculo.
No lo cuida.
No se mueve.

Y entonces ocurre el desplazamiento silencioso:
la responsabilidad deja de estar repartida.

El jefe empieza a adaptarse.
A cargar él con lo que el otro no hace.
A justificar la falta de movimiento como paciencia, comprensión, respeto.

Mientras Bartleby no cambia,
quien cambia es el otro.

Empieza a vigilarse,
a medir cuándo pedir,
a preguntarse si está exagerando.

La relación ya no se sostiene entre dos,
se sostiene alrededor de uno.

Bartleby no dice “no quiero estar aquí”.
Pero tampoco dice “sí”.
Y esa ambigüedad es lo que atrapa.

No hay ruptura que libere.
No hay compromiso que alivie.
Solo una presencia que bloquea cualquier avance.

La historia no va de un hombre extraño.
Va de lo que ocurre cuando una parte no quiere moverse
y la otra se queda esperando que algún día quiera.

Bartleby no destruye nada de golpe.
Lo que hace es más lento:
convierte la espera en rutina
y el desgaste en forma de lealtad.

Hasta que el problema ya no es la negativa del otro,
sino cuánto tiempo llevas tú
viviendo alrededor de ella.

La trampa en la que caes

Crees que ir a terapia de pareja depende de convencer al otro.
Pero la trampa no está ahí.
La trampa es quedarte en pausa mientras esperas.

Dices: “cuando quiera, iremos”.
Pero cada día que pasa, eres tú quien carga con todo.
Y lo llamas paciencia.
Pero no es paciencia: es desgaste.

Lo más duro no es que tu pareja no quiera ir.
Lo más duro es lo que tú haces con eso.
Callar.
Justificar.
Aguantar.
Quedarte atrapado en un intento que nunca arranca.

Romper la idea común

La frase que más te dicen es: “Si uno no quiere, no se puede hacer terapia de pareja”.
Y parece de sentido común.
Pero en realidad es una forma elegante de decirte que te resignes.

Esa idea deja todo el poder en manos del otro.
Como si tu vida quedara en pausa hasta que la otra persona decida moverse.
Como si tu única opción fuera esperar, aguantar, sostener en silencio.

Sí, la terapia de pareja necesita a los dos.
Pero eso no significa que tú no puedas hacer nada mientras.
Lo que se trabaja cuando uno no quiere venir no es la pareja:
eres tú.
Tu mirada, tu aguante, tu manera de justificar lo injustificable.

No necesitas que se siente delante de un psicólogo para empezar.
Lo que necesitas es ver qué haces tú con esa negativa.
Porque seguir esperando como si nada ya es también una decisión.

El paso posible

Aquí no hay más vueltas.
No puedes obligar a nadie a querer arreglar algo.
Lo único que sí puedes hacer es mirar de frente qué haces tú con eso.

Si eliges esperar, es tu decisión.
Pero no te engañes: la espera también destruye.
Día tras día, lo que muere no es la relación, eres tú.

El movimiento no es convencer al otro.
El movimiento es tuyo.
Y duele, porque significa dejar de esconderte detrás de su negativa.
Significa elegir aunque la otra persona no elija.

Si no quieres seguir atado a la espera, empieza por ti.
Una sesión individual basta para poner claridad cuando el otro no quiere moverse.

Si lo dejas para más tarde, no será más fácil.
Solo será más tarde.

Si sigues leyendo, pero sigues igual

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Puede que ya lo hayas entendido todo.
Y aun así sigas confundido sobre qué hacer.

No por falta de información.
Sino porque hay una coartada —una explicación interna—
que hoy te mantiene ahí.

EL PUNTO es una sesión única de 90 minutos
para ver con claridad desde dónde estás actuando
y salir de la confusión que te permite no decidir.

No es terapia.
No es proceso.
No hay seguimiento.
No hay después implícito.

Solo una sesión.
Un acto.
Y actuar desde otro lugar.

Entrar en El Punto

Si quieres ver en detalle en qué casos la terapia ayuda y en cuáles no, puedes leer Terapia de pareja: cuando sirve y cuando no


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