Distorsiones cognitivas: las cadenas que te atrapan

distorsiones cognitivas las cadenas que te mantienen atrapado

No te ata el amor.
Te atan las ideas que te repites.
Una y otra vez.
Aunque ya no tengan sentido.
Aunque ya no te hagan bien.

“No valgo si no me elige.”
“Si me dejó, es porque fallé en algo.”
“Seguro que aún me quiere, pero no sabe cómo demostrarlo.”
“Quizá si cambio, vuelve.”

No sueltas porque sigues creyendo todo eso.
Y todo eso…
te está encadenando a una historia que ya terminó.

¿Qué son las distorsiones cognitivas?

No es que estés confundido.
Es que tu cabeza está intentando que no duela tanto.

Y para eso…
te cuenta una versión modificada de lo que pasó.
Una que te deja algo de control.
Algo de sentido.
Algo de esperanza.

Pero es mentira.

No porque seas ingenuo.
Sino porque no soportas pensar que lo diste todo…
y aún así no fue suficiente.

Entonces aparecen estas frases que suenan razonables.
Frases que parecen análisis, pero solo son defensa.
Frases que no ayudan a entender, sino a resistir el golpe.

“Seguro que no estaba preparado para algo serio.”
“Yo también me puse raro/a al final.”
“Quizá si hubiera sido más paciente…”

Distorsionar no es inventar.
Es recortar lo que duele y ampliar lo que consuela.

Te centras en lo que hiciste mal tú.
Para no mirar que el otro eligió no quedarse.

Buscas errores concretos.
Para no sentir el rechazo como algo que no puedes controlar.

Te repites frases que te hacen daño.
Pero te tranquilizan, porque al menos explican algo.

Así funcionan las distorsiones:
No vienen a mentirte.
Vienen a protegerte.

Pero en lugar de ayudarte a salir,
te dejan girando en bucle.
Culpándote.
Esperando.
Reescribiendo el pasado una y otra vez.
Hasta que ya no sabes lo que fue verdad y lo que solo te contaste para sobrevivir.

El día que discutisteis y se fue sin decir nada.
Tú te quedaste mal.
Te dolía.
Pero no dijiste nada más.
Esperaste.

Él no escribió.
No preguntó cómo estabas.
No volvió a sacar el tema.

Y tú, en vez de ver lo que era evidente, pensaste:
“Seguro que se sintió atacado.”
“Odio que discutamos, pero igual fui demasiado dura.”
“Yo también reaccioné mal. Quizá está esperando que me calme.”

Eso no fue comprensión.
Fue distorsión.

Porque lo que en realidad pasó fue que te dejó sola con la carga.
Y tú llenaste su silencio con excusas.

Las distorsiones cognitivas más comunes tras una ruptura

Pensamiento polarizado
→ “O lo arreglamos o no podré ser feliz nunca.”
Todo o nada. No hay matices. O es con esa persona, o es el abismo.

Lectura de mente
→ “Seguro que piensa que estoy fatal de la cabeza por insistir.”
Crees saber lo que siente. Pero solo estás proyectando tu miedo.

Adivinación del futuro
→ “Nadie me va a querer igual.”
Te adelantas. Como si el futuro ya estuviera escrito. Como si no tuvieras margen.

Generalización excesiva
→ “Siempre me pasa lo mismo.”
Haces de un caso, una regla. Y te condenas sin darte cuenta.

Descalificar lo positivo
→ “A veces tenía gestos cariñosos, sí… pero seguro que lo hacía por culpa.”
No puedes sostener lo bueno sin encontrarle trampa.

Personalización
→ “Si me dejó, es porque yo no supe cuidar la relación.”
Te colocas en el centro de todo lo malo. Como si solo dependiera de ti.

Culpabilización inversa
→ “Yo también hice cosas que le alejaron.”
Te tragas lo que pasó, y encima te haces responsable de la distancia que esa persona eligió.

Magnificación
→ “Perdí al amor de mi vida.”
Sobredimensionas lo que fue. Como si no pudieras vivir sin esa historia.

Minimización
→ “Tampoco era tan grave lo que hacía…”
Le quitas peso a lo que te dolía. Para no tener que actuar en consecuencia.

Estas frases no son pensamientos aislados.
No vienen de la nada.
No son solo momentos de bajón.

Son hilos.
Tejidos con miedo, con memoria, con necesidad.
Hilos que, sin darte cuenta, has ido apretando tú mismo.
Uno a uno.

Y ahora te enredan.

Porque cada vez que te dices:
“Seguro que yo tuve parte de culpa”…
no te estás analizando.
Te estás atando.

Cada vez que piensas:
“Lo nuestro fue único, eso no se repite”…
no estás valorando el vínculo.
Estás encerrándote en una historia sin salida.

Cada vez que repites:
“Si no me habla, será porque aún le duele”…
no estás empatizando.
Estás inventando razones para no soltar.

Estas frases suenan lógicas.
Pero no lo son.
Suenan amorosas.
Pero no cuidan de ti.

Y lo más duro es que cuanto más tiempo las repites,
más reales se vuelven.
Aunque no lo sean.

🜂 Soy tu sistema de apego

No me alimento de lógica. Me activo con amenaza.
Y cada vez que alguien se va, yo convierto su ausencia en alarma.
Para no oírla, me das frases. Me das explicaciones. Me das sentido.
No porque entiendas. Porque no soportas mirar lo que duele.

Cada pensamiento que repites como consuelo, yo lo uso como cuerda.
Cuerda que te ata. Que te calma. Que te encierra.
No soy mentira. Pero tampoco soy verdad.
Soy la voz que hace que prefieras dudar… antes que perder del todo.

Mientras sigas llamando análisis a tu miedo,
yo seguiré sonando.
Porque para mí, lo que cuenta no es la claridad.
Es que no se rompa el vínculo.
Aunque ya no exista.
Y te pregunto ahora…

¿Vas a seguir repitiéndote esas frases como si fueran verdad…
solo porque duelen menos que soltar?

¿Por qué sigues creyéndolas aunque sabes que te hacen daño?

Porque duelen menos que la verdad.

Pensar que lo arruinaste tú…
es más llevadero que asumir que alguien eligió no quedarse.
Te da un margen.
Una ilusión de control.
La posibilidad de que, si cambias algo, quizá vuelva.

Porque culparte te mantiene ocupado.
Te da algo que hacer.
Revisas, analizas, buscas fallos.
Y así no tienes que enfrentarte al vacío.
A la falta.
A la pérdida.

Porque aceptar que no fue recíproco,
que te usó, que no te vio,
que te quiso a ratos,
te haría derrumbarte.

Y hay días en los que simplemente no puedes con eso.
Así que lo disfrazas.

Y vuelves al bucle:
te hablas como si estuvieras razonando,
pero en el fondo solo estás sobreviviendo.

Qué pasa si no rompes las distorsiones

Si no rompes esas ideas,
no es que te quedes igual.
Es que te vas apagando.

Un poco cada día.
Mientras sigues pensando en esa persona.
Mientras vuelves a revisar el chat.
Mientras vuelves a imaginar que algún día te escribirá.

No se para el dolor.
Solo se disfraza.
Y mientras tanto, tú no avanzas.
No cierras.
No decides.
No recuperas lo que eras.

Te vuelves alguien que espera.
Que justifica.
Que se enreda con lo que ya no está.

Y el tiempo pasa.
Pero tú no pasas con él.

Alberto decía que ya había soltado.
Que lo suyo había sido intenso, pero que ya estaba.

Y sin embargo…
seguía mirando sus historias.
Seguía revisando el último “en línea”.
Seguía pensando qué habría pasado si no hubiera dicho aquello.
Si hubiese aguantado un poco más.
Si ella no estuviera tan perdida.

No volvieron a hablar.
Pero en su cabeza, la conversación nunca terminó.

Un año después, seguía sin empezar nada nuevo.
No porque no quisiera.
Sino porque aún estaba intentando entender qué falló.
Dónde.
Cuándo.
Por qué.

Y no se daba cuenta de que eso también era quedarse.

Para empezar a romperlo

No tienes que desmontarlo todo hoy.
Ni entender cada frase que te repites.
Solo hace falta que pares un momento.
Y escuches cómo te hablas.

¿Te consuela o te atrapa?
¿Te alivia o te deja quieto?

Empieza ahí.

Escribe una sola frase que te digas cuando piensas en tu ex.
Solo una.
Y mírala con frialdad.

¿Es verdad?
¿Es tuya?
¿O es una forma elegante de no soltar?

No la borres.
Solo deja de repetirla.

Si haces eso una vez, ya estás rompiendo algo.
Y cuando lo hagas más veces, vas a sentir que el peso cambia de sitio.
No desaparece.
Pero ya no te aplasta.

Ese es el comienzo.

Si decides moverte, esto es lo que hago.

tres semanas de presencia

Hay un tramo:
tres semanas intensas.
Tres sesiones sin reloj.
Y presencia continua entre ellas.
Estoy ahí cuando pasa lo importante,
y no solo en la sesión.

Este tramo es para una cosa:
salir del punto donde llevas tiempo atrapado.
En pareja o solo.
Relaciones que duelen.
Rupturas que no se cierran.
Decisiones que aplazas.
Patrones que vuelven.

Si estás en ese punto, entra:

Tres Semanas de Presencia

DECIDIR · Formas de moverse

El tramo donde las cosas cambian de sitio.

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